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Domingo, 27 de Septiembre

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Entrevista:
Amarí Peliowski

La doctora en historia y teoría del arte es una de las curadoras de la exposición “Casa Chilena. Imágenes Domésticas” y en esta entrevista explora sobre las mutaciones de la vivienda en Chile, los roles que se le han asignado a la mujer en ellas y cómo el feminismo ha permitido encontrar espacios liberadores.


Para pensar el espacio doméstico es necesario partir entendiendo quiénes son las personas que pasan más tiempo en él, ya sea por gusto o por obligación. Amarí Peliowski, una de las curadoras de Casa Chilena. Imágenes Domésticas, una exposición del Centro Cultural La Moneda en la que expone sobre la evolución y las mutaciones de la vivienda en Chile, reflexiona sobre cómo la sociedad ha construido la identidad de las mujeres a través de ese espacio y limitado su rol en los demás territorios.

“La idea de lo femenino, históricamente, ha estado determinado entonces por el borramiento y aislamiento del cuerpo femenino en el espacio”, sostiene la académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.

Esos son algunos de los temas que en los que profundizó la doctora en historia y teoría del arte por la École des Hautes Études en Sciences Sociales, con los que detalla las fracturas sociales que se pueden ver en la exposición.


—Cuando pensamos el territorio, la arquitectura y la construcción de espacios para el desarrollo de las sociedades ¿Cuáles son las implicancias de esto para la construcción de la idea de mujer, de lo femenino y del feminismo?

Históricamente, el espacio se ha querido construir para un ser humano universal, pero ha sido un humano universal basado en la figura masculina. Tal como tenemos un lenguaje genérico en que lo masculino simboliza lo colectivo o lo general, el espacio también ha sido genérico considerando el cuerpo del varón como medida física y simbólica de la comunidad. Así, por ejemplo, Le Corbusier creó el “modulor” para lograr las medidas perfectas de puertas, ventanas y mobiliarios en sus obras, pero el modulor era un dibujo de un cuerpo humano cuya altura era de 1,82 mts — que además de ser medidas mucho más cercanas a las de un cuerpo masculino que a las de uno femenino, lo son también a las de un cuerpo de un europeo –. Un ejemplo interesante de las relaciones entre feminismo y espacio es lo que ha descrito la autora norteamericana Dolores Hayden, que estudió a un grupo de feministas estadounidenses de fines del siglo XIX que acudieron al diseño espacial como arma de lucha, puesto que acusaban que un factor determinante de la segregación y desigualdad que vivían las mujeres en la sociedad se debía al aislamiento que experimentaban en el hogar. La idea de lo femenino, históricamente, ha estado determinado entonces por el borramiento y aislamiento del cuerpo femenino en el espacio.


—Preciado escribía en Pornotopía, que “Playboy va a dibujar una ficción erótica capaz de funcionar al mismo tiempo como domicilio y como centro de producción”. En Chile, las viviendas también se hilan alrededor de esta idea de domicilio y centro de producción, por ejemplo: almacenes en el primer piso y casa en el segundo.

Es interesante la relación entre la pornografía y lo íntimo del hogar, porque mucho del feminismo actual, muy inspirado por las ideas de Preciado, se articula en torno a la libertad de explotar e intervenir el propio cuerpo para los fines que se quiera. En este sentido, se opone al feminismo que condenaba toda forma de objetivación del cuerpo femenino. Lo interesante es que este nuevo movimiento ha validado justamente un nuevo uso productivo del espacio doméstico; tal como una casa puede convertirse en un almacén donde atiende la dueña del hogar que no ha podido alejarse de su casa para trabajar, el dormitorio se convierte en escenario de esa actividad económica de la exposición del cuerpo desnudo en los medios virtuales.


—¿Cómo se desarrolla este “otro lugar” o híbrido en Chile? ¿Qué papel juegan las mujeres en este desarrollo?

—En Chile, de una u otra forma, abriendo almacenes o canales porno desde la casa, creo que las mujeres no hemos dejado de buscar medios alternativos de subsistencia económica en un medio adverso y hostil. Lo que nos ha enseñado el feminismo actual es que esos medios alternativos son diversos, todos válidos, y pueden ser empoderadores y placenteros. El problema con estos espacios en específico es que se trata de espacios generalmente no reconocidos, informales, en los cuales las mujeres siguen manteniendo un estatus vulnerable por no tener ningún tipo protección social.


—¿A partir de qué las mujeres han debido tomar un rol protagonista en el espacio público, en el territorio y en la arquitectura de los espacios domésticos y privados?

—Las mujeres siempre hemos tenido un rol de importancia en la ciudad, en la arquitectura y en el territorio. Las mujeres siempre hemos trabajado, ya sea en el campo, en negocios familiares, lavando ropa en casa y cobrando por ello; siempre hemos estado en las ferias, en las calles, en los hogares organizando el espacio. Desde fines del siglo XIX, gracias a los primeros movimientos feministas, lo que cambió no fue la presencia si no la visibilidad pública de la figura femenina; de pronto ese trabajo comenzó a ser valorizado social y económicamente; el estatus profesional que sólo podía tener el caballero pasó a ser privilegio de ambos géneros; las mujeres comenzamos a tener la posibilidad de ser arquitectas, políticas, trabajadoras sociales, planificadoras, etc. Fundamentalmente, es desde hace menos de 150 años que tenemos la posibilidad de participar de la discusión pública. 


—¿Cómo se ha ido organizando el territorio a partir de los cambios socioculturales que han adentrado a la sociedad en nuevas corrientes de pensamiento político, como el movimiento feminista? ¿Hay cambios? y ¿En qué se notan?

—Creo que los eventos de los últimos dos años en Chile nos han demostrado que el espacio público otorga poder. Si bien algunas mujeres han ocupado desde hace algunas décadas lugares de importancia en los espacios de poder (el caso de Bachelet es ejemplar), la ocupación masiva que han hecho los movimientos feministas no solo de las redes sociales si no que fundamentalmente de los espacios de la ciudad, ha logrado introducir con gran rapidez nuevas discusiones en torno a los derechos no sólo de las mujeres, si no de todas las minorías. Creo que no se puede desligar los cambios que están ocurriendo hoy de una nueva conceptualización rebelde del espacio, en gran medida empujada por la concientización de los efectos de segregación y discriminación que han arrastrado las ciudades chilenas en las últimas décadas. 


—¿La distribución del territorio se permea con la clase, el sexo y los grupos racializados? ¿Cómo se trabaja desde la academia y desde la práctica de la arquitectura las barreras que suelen diferenciar críticamente estos grupos?

—La historia urbana chilena, sobre todo en este último siglo marcado por la dictadura, ha estado fuertemente marcada por diseños que han fomentado la segregación social. El mundo académico está sin duda muy interesado en diagnosticar los efectos negativos de esta segregación y también de crear estrategias que permitan transformar o revertir estas dinámicas. Sin embargo, creo que existe una desconexión entre el mundo académico y las políticas públicas que sólo puede ser revertido por el activismo. Como en el caso del cambio climático, son los grupos activistas los que han logrado poner presión sobre los gobiernos para que empiecen a reaccionar y materializar las propuestas hechas desde hace más de 30 años por los científicos. En este sentido, creo que el activismo feminista será clave en la reformulación futura de nuevas economías urbanas que, ciertamente, traerán nuevas formas a las ciudades.  


—Cuando pensamos en el aporte de los territorios en las identidades, ¿Cómo entendemos este proceso para las mujeres y la identidad? 

—En términos históricos, han sido las mujeres quienes han estado encargadas de formar comunidad en los territorios. Desde las gotas de leche a las ollas comunes, las mujeres se han encargado de dar protección y cuidado a las personas más vulnerables de la sociedad, como niños, enfermos y ancianos. El imaginario sobre la “pertenencia a un lugar” entonces que está muy asociado a ese lugar estático, del cuidado y el hogar, que hemos tenido las mujeres, mientras que el imaginario asociado a los varones ha sido el de salir de casa a cazar, a trabajar, a las reuniones políticas, a la guerra o a la guerrilla. Creo que ese paradigma es justamente algo que debe ser discutido, cuestionado, deconstruido hoy. Y creo también que podemos repensar el rol móvil, migrante incluso, de las personas en el territorio, la identidad en ese sentido concebido como algo dinámico, y las personas concebidas como puentes o puertas, más que como estatuas o monumentos fijos. El mismo paradigma que ha fijado esas relaciones binarias de movimiento en el espacio para hombres y mujeres, es el que excluye, por lo demás, todas las otras identidades sexuales para las cuales es muy difícil encontrar lugar, hoy.


—En Casa Chilena observamos una versatilidad de formatos, propuestas y elementos que se conjugan en torno a la casa o la vivienda como un objeto cultural ¿En qué varían los modos de vida actuales con los de décadas pasadas? 

—La casa siempre ha existido y parece que seguirá existiendo, aquí y en la quebrada del ají. Las diferencias históricas pueden verse creo en cómo cada época define los criterios de una vivienda digna y los de una vivienda indigna, y en cómo cada generación se ocupa o no del problema de la vivienda que no es suficiente para tener una vida “que valga la pena vivir”, como dicen los graffittis hoy. Si a finales del XIX Benjamín Vicuña Mackenna luchaba contra la barbarie de las chozas de la Chimba, hoy los jóvenes denuncian la vida indigna de los departamentos inmobiliarios de menos de 20 m2. Creo que esa contextualización sociocultural es lo más interesante de analizar y lo que puede dejar lecciones para el futuro que queremos para la casa chilena.


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