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Entrevista: Leo Portus

Unidos bajo el gran eje de la arquitectura, que recorre su obra completa, el artista Leonardo Portus y el curador Andrés Grillo idearon Ciudades (no) Blandas, exposición que reúne trabajos anteriores de Portus y una nueva línea de desarrollo con otras materialidades y nuevas técnicas, siempre desde una mirada ucrónica.

Por Ana Rodríguez S.


En sus exposiciones Estación Utopía (2014) y Esta será mi casa cuando me vaya yo? (2012), el artista autodidacta Leonardo Portus propuso desde una perspectiva personal, patrimonial y lúdica, una mirada sobre los proyectos de arte público, arte integrado y arquitectónicos que existían en Chile antes del golpe de Estado de 1973. Enfocado en el transporte público, particularmente el Metro de Santiago, y los proyectos de vivienda sociales, propone una visión ucrónica donde Portus diseña, construye y después fotografía estas maquetas, “jugando con la ilusión entre realidad y ficción”, dice. Hoy, esas fotografías, reunidas y dispuestas en una línea de tiempo utópica, se enfrentan a una nueva etapa en el trabajo de Portus. Son fotos en blanco y negro, que contrastan con las fotos previas, de colores saturados y vibrantes.

-Estas fotos nuevas que son en blanco y negro son más lúgubres, más siniestras, pero también un poco más seductoras, porque la sombra tiene esa ambivalencia en cuanto a tener una cosa medio romántica pero también lúgubre, siniestra, ensoñadora. Y más abstracta, porque aquí trabajo con objetos de desecho, de cartón, plástico, o por ejemplo frascos de perfumes vacíos, que los voy apilando y voy armando esta maquetas abstractas-ciudad- explica Portus.


¿A qué responde este cambio en la forma de enfrentarte a las problemáticas de la arquitectura y la ciudad y desarrollar tu proyecto?

-La idea es justamente ampliar un poco el repertorio. Como autodidacta pienso que el artista debe tener siempre la facultad de ir experimentando. Lo bueno de esta exposición es que arma ese quiebre, se traslapa esa obra anterior con esta nueva, y se arma una línea, un surco. Por eso la exposición está montada de esa forma, contraponiendo los muros grises con los muros blancos, siendo el naranja un color que los ancla y los une. Porque justamente la idea es ir variando, ir experimentando. Y también situando al espectador ante un artista que es capaz de interpelar su propia obra y criticarla también, y no quedarse en la fórmula, en lo fácil.


¿Por qué tu interés por el proyecto modernista y cómo se trunca? ¿Qué reflexiones te gatilla?

-Hay todo un sentido político y autobiográfico. Yo vivo en San Bernardo en una villa de viviendas sociales para sectores medios, construida para la Fuerza Aérea de Chile el año 1954. Si bien la casa mía no es estilo modernista, igual implica un homenaje a ese Estado benefactor que existió en los años ‘50 en Chile, que permitía vivienda digna accesible a las personas, a las familias, y salud y educación, que se ve truncada con el golpe. Y ahora que está en boga el tema de restituir todo ese Estado que nos beneficiaba a los chilenos, eso es parte de esta exposición también. Pensar que el gran mandante de la arquitectura en Chile fue, hasta el golpe de Estado, el Estado. Y que el sello preferente era la arquitectura moderna, con todo lo que implicaba de utopía en una ciudad, de higiene, de acceso, de un estilo muy plástico. Si uno piensa en la arquitectura moderna en general, es una arquitectura que era muy generosa con las formas y con la geometría que generaba un goce estético al espectador, al público, y a la gente que habitaba la ciudad.


¿Cómo vinculas lo que está sucediendo en Santiago y en otras ciudades de Chile con tu trabajo, con esta reflexión sobre cómo vivir la arquitectura?

-Yo mismo lo vinculo autobiográficamente. Vivo en San Bernardo, y uno de los grandes traumas y dramas que tiene la ciudad de Santiago, como toda megalópolis latinoamericana, es su extensión tan grande y su segregación. Uno ve las grandes distancias que tiene que invertir la gente para viajar de la casa al trabajo, de la casa al estudio, y de vuelta. Es una calidad de vida muy pobre, que atenta contra las personas, las familias. La arquitectura moderna tenía todo un proyecto de integrar la ciudad y que la vivienda no estuviera tan lejos del centro. Uno piensa el ejemplo emblemático de las famosas remodelaciones, como San Borja, Villa Portales, Villa Olímpica; eran todos proyectos que buscaban viviendas de buena calidad, para la clase media y baja, pero insertadas en el centro de la ciudad, o por lo menos un acceso directo al centro. En los años 60’ ya se avizoraba una ciudad que estaba expandiéndose demasiado, y uno de los proyectos más interesantes urbanísticos era que la cuidad no se expandiera más allá del anillo de Américo Vespucio. Así debería haber sido. Que la ciudad hubiese estado mejor organizada urbanísticamente.


Eso, a mi parecer es lo que empieza a crujir y hacer ruido socialmente. Finalmente es un factor que gatilla un descontento generalizado.

-Sí. Incluso esa ciudad segregada y expandida de forma tan enfermiza genera conflictos. El Transantiago es un ejemplo de ello. Pueden cambiar los buses, poner wifi, poner asientos reclinables, acolchados, pero el tema es que mucha gente tiene que invertir una hora y media o dos horas de traslado. Eso es lo terrible. Y de ida y vuelta. Entonces son tres, cuatro horas de tiempo perdido, tiempo muerto para mucha gente.


¿Cómo lees tú que algo tan emblemático para la ciudad, esta joyita que es el Metro, viene siendo vandalizado y símbolo de la quema y el descontento? Es un elemento que está muy presente en tu obra.

-Es triste. A mí me dolió bastante la destrucción del Metro. Hay muchas opiniones sobre eso y el tiempo dirá las causas de esto. Pero justamente eso, el rencor, el resentimiento, la frustración de una gran cantidad de chilenos, santiaguinos especialmente, detonó y explotó en este estallido social. Es el resentimiento, frustración de una ciudad que uno la ve desde lejos, una tierra prometida plagada de deseos, de utopía, de éxito. Y cuando llegas a ella son deseos muchas veces frustrados. Vuelves a tu comuna dormitorio y te encuentras con que abandonas una fiesta y que nunca fuiste invitado; nunca te sentiste parte de ese jolgorio, de ese éxito neoliberal. Creo también que mis fotografías en blanco y negro son pertinentes en ese sentido: hablan de una ciudad enrarecida, abstracta, que puede ser elegante, cool en su fisionomía blanco, negro y plateado. Se hace presente la coyuntura actual.


¿Cómo ves la relación de los ciudadanos con el patrimonio de la ciudad, o cómo ha cambiado esa relación?

-El patrimonio y la percepción que la gente tiene de él es un fenómeno que va cambiando con el tiempo. Da pena ver cómo muchos patrimonios se han vandalizado con esta crisis actual. Pero también tienen un sentido crítico, porque muchas de esas construcciones que han sido vandalizadas eran los escasos monumentos de una oligarquía de fines del siglo XIX y comienzos del XX, que buscaba trasladar a Santiago una imagen afrancesada de Europa. Entonces, uno puede preguntarse hasta qué punto es un patrimonio tan válido de preservar. O preservémoslo, pero con una mirada crítica también.


¿Es posible una relectura de ellos?

-Sí, perfectamente posible. Yo siempre hago hincapié en un afiche del Día del Patrimonio de años atrás, en que aparecían varios iconos dibujados tipo comic, entre ellos la torre Costanera Center. Y fue polémico. Pero a lo mejor en treinta años más el Costanera Center va a ser patrimonio, porque va a ser reflejo del tiempo actual. Va a ser mirado con otros ojos en un futuro. Si uno lee crónicas de Joaquín Edwards Bello, todos estos palacios afrancesados de las calles Dieciocho, Ejército, eran muy violentos para mucha gente, porque implicaban la destrucción de mucho patrimonio colonial que aún quedaba en la ciudad de Santiago. También eran miradas extranjerizantes. Para mucha gente era tan violento como es ahora una imposición de la imagen del Costanera Center, con todo lo que significa también en cuanto a la vanidad de una oligarquía. Pero hoy en día eso es patrimonio, y a lo mejor esto va a ser. Hace treinta años atrás, los edificios caracol también eran vistos como algo extranjerizante, impuesto, una arquitectura foránea, y hoy en día hay muchos artistas lo han tomado como material para su obra. Por ejemplo Cristóbal Palma, Cristián Silva. Entonces también está la mirada del artista que pone en valor e indica lo que puede ser patrimonio. Es interesante cómo el arte sirve para hacer hincapié en eso.


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